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Cuba y el señor César Hildebrandt

Su errática conducta anarco-trotskista lo llevó a disparar todas sus baterías contra la URSS, y ahora contra China.

No escatima esfuerzo en mostrarse contrario a todo aquello que refleje la expectativa de los pueblos.

Gustavo Espinoza M.*
Revista Mariátegui
27/07/21

Bajo el título de “Cuba y el señor Cerrón” y con el pretexto de “deslindar” con el dirigente de Perú Libre, César Hildebrandt vuelve a una prédica que esperáramos hubiese superado: atacar a Cuba en el peor momento, cuando lo racional en las personas bien intencionadas era reparar en la esencia del drama que agobia a la Patria de Martí y en el que la Asamblea General de Naciones Unidas puso el dedo una vez más en la llaga: el bloqueo yanqui contra la Isla.

Del tema, el buen Cesar prácticamente no se ocupa. Para él “el cerco” anti cubano provino de la Rusia Soviética. Estados Unidos, apenas. “complementó” esa tarea. Ni siquiera repara en el hecho que la Rusia Soviética sucumbió hace casi 30 años, en tanto que Cuba subsiste sin ese “cerco” y pese más bien al otro, genocida y salvaje, que “complementó” la Casa Blanca, y que encontró aliados en distintos continentes.

Hildebrandt recuerda sus años mozos, cuando se entusiasmó con Cuba. Fue para él, una suerte de “amor adolescente” que pasó pronto, cuando descubrió “algo” que no le gustaba: la imperiosa necesidad que tiene una Revolución, de defenderse sobre todo cuando se desarrolla en las barbas de su enemigo.

Fue “el caso Padilla” –el mismo que tomó Vargas Llosa como “argumento” para distanciarse de Fidel y sus compañeros- el que usa el periodista, en la circunstancia. No repara sin embargo, que Padilla tuvo un instante –quizá un cuarto de hora- de desavenencias con su país, que superó pronto. Después se fue de Cuba, y tuvo -según parece- la más amplia libertad para crear y producir, literatura. Lamentablemente no lo hizo. Hoy, de Padilla, los que se acuerdan, evocan simplemente el fugaz incidente de aquellos días, porque no tiene obra que recordar, ni legado literario que trasmitir. Padilla no fue un gran escritor, ni legó a la posteridad obras como lo hicieran Lezama Lima, Nicolás Guillén o Alejo Carpentier. Su aporte a la literatura de su país, resultó más efímero y puntual que el amor de Hildebrandt por los avances de la Cuba liberada. Una pena, por cierto.

Después de ese incidente, en efecto, Cesar se volvió un crítico permanente de la Cuba Socialista. En el fondo, en un detractor del socialismo en todas sus variantes. Su errática conducta anarco-trotskista lo llevó a disparar todas sus baterías contra la URSS, y ahora contra China. No escatima esfuerzo en mostrarse contrario a todo aquello que refleje la expectativa de los pueblos.

Quizá por eso no tuvimos la suerte de conocer escritos suyos en apoyo a la heroica lucha del pueblo vietnamita, o a la resistencia del Chile antifascista. Su toma de posición en torno a esos temas, fue casi un saludo a la bandera; pero nunca se tradujo en una empeñosa batalla que hubiese ayudado a muchos a la comprensión de esos fenómenos. Otros, con menos oropeles, pero con mayor consecuencia, si lo hicieron. Y la historia los recuerda.

Para Hildebrandt la historia de Cuba se reduce a lo que él supone fue un “sometimiento consentido” a la política de la URSS. Y por eso destila hoy contra la Habana su carga de improperios. Olvida, sin embargo, que la URSS extendió siempre a Cuba su mano generosa. En cierta ocasión, refiriéndose a ella, Fidel dijo algo así como “no es que Cuba dependa de la URSS. Es la URSS la que aplica su política atendiendo las necesidad de Cuba”. En otras palabras, la “dependencia” fue a la inversa.

Pero no es eso, finalmente, lo que se le puede reprochar a Cesar –el no haber reparado en la esencia de la relación entre dos países hermano- sino el hecho que hoy, el deber de todos, es darse cuenta de lo que constituye un verdadero genocidio: el bloqueo yanqui contra Cuba, que se ha prolongado ya más de 20 mil días. Si Hildebrandt fuese un país –y no un periodista errático- habría votado como Arabia Saudita, o como el régimen de Ucrania o Bolsonaro -en abstención- al abordase el tema en la ONU. ¿Hubiese tenido cara, después, para mirar a sus lectores?.

Si Hildebrandt fuese un país –y no un periodista errático- habría votado como Arabia Saudita, o como el régimen de Ucrania o Bolsonaro -en abstención- al abordase el tema en la ONU. ¿Hubiese tenido cara, después, para mirar a sus lectores?.

A César le gusta hacer recuerdos. Se regodea con el pasado. Y lo usa ahora para abordar situaciones distintas. Por su fugaz experiencia cuando la crisis de la embajada peruana en La Habana en 1980, llega a la conclusión que el socialismo en Cuba, es malo. Ni siquiera supone que esa realidad puntual, pudo haber cambiado. Simplemente la perpetúa, y la convierte en la identidad del país y de su proceso social. Y es que Cesar no tiene idea de la evolución, de la superación de errores, de la corrección de conducta. Pero Cuba es consciente de todo ello. ¡Cuántas cosas ha superado y corregido!

Y sí, hay mucha gente que hoy en Cuba, está harta. Pero harta del bloqueo, de las carencias que impone, del precio que exige pagar para levantarlo; y que la inmensa mayoría no está dispuesta a admitir Y es que para ella, la dignidad es más importante. ¿Podría comprender eso César?

En la parte final del texto, el director del semanario se ocupa de Vladimir Cerrón. A él, no nos corresponde defenderlo, ni atacarlo en abstracto. Por lo demás, no lo necesita. Deberá simplemente esperar, que las aguas se aquieten, que las investigaciones se procesen y su causa se ventile. Al final, quedará en claro que nada turbio se inscribe en su itinerario político. Pero esa, es cosa del futuro.

Por ahora hay que decir, simplemente, lo que Cesar calla. Que Jaime Cerrón Palomino –el padre de Vladimir- fue un activo luchador social. Lo conocí personalmente en los años del movimiento estudiantil de los sesenta, y puedo dar fe de su consecuencia y lealtad a la casusa del socialismo.

Al final, fue vilmente asesinado por un Comando Para Militar presuntamente ligado a la institución castrense. En todo caso, su vida -y su muerte- merecen el mayor de los respeto.

Y Vladimir, al deceso de su padre, fue recibido en Cuba a iniciativa de mi Partido -el Partido Comunista Peruano- y gracias a la práctica internacionalista y solidaria de su Gobierno. Allí estudió la carrera de Medicina y se graduó con las más altas calificaciones. Ellas le valieron para obtener el Post Grado que se convirtió en el Doctorado que ostenta y que, por lo menos hasta hoy, ha usado para atender solicita y gratuitamente en centenares de casos. Vladimir, es uno de los Neuro-Cirujanos más calificados de nuestro país. ¿No merece respeto, en esa condición?

Una invitación final. Si César es, como se proclama, un demócrata completo ¿se animará a insertar esta reflexión en su calificada revista? Lo veremos.

  • Texto enviado a “Hildebrandt en sus Trece”, y no publicado allí. Insertado en Nuestra Bandera (www.nuestrabandera.pe).
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