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Montoneros, en el centro del libro “Born y Quieto”, de María O’Donnell

A lo largo de sus 408 páginas trata en profundidad y detalle el “Operativo Mellizas” con el que Montoneros secuestró y juzgó a los hermanos Jorge y Juan Born, entre septiembre de 1974 y junio de 1975, con final feliz para ambas partes.

Sergio Ortiz
Revista Mariátegui
16/04/24

UN TEMA HISTÓRICO

El libro de María O’Donnell “Born y Quieto, la negociación secreta entre el magnate y el montonero”, publicada en 2023 por Editorial Planeta, reúne varias características que lo hacen un texto atrapante. Para muchos lectores, supongo, y en especial para la militancia política que no ha renegado de sus principios y mantiene vivo interés por todo lo que se refiera a los años ‘70, cuando por primera vez en mucho tiempo estuvo en juego el poder político. A sus usurpadores habituales (los monopolios y sus representantes políticos y militares) se lo disputaron las organizaciones revolucionarias, la nueva izquierda y varios movimientos de masas combativos.

A lo largo de sus 408 páginas trata en profundidad y detalle el “Operativo Mellizas” con el que Montoneros secuestró y juzgó a los hermanos Jorge y Juan Born, entre septiembre de 1974 y junio de 1975, con final feliz para ambas partes. Digo esto en el sentido que la organización se llevó 60 millones de dólares de rescate y otras varias condiciones que le impuso al pulpo nacional y trasnacional B&B. Y éste salvó la vida de sus dos ejecutivos, hijos del presidente de la compañía originada en Amberes, Bélgica, y Holanda, y asentada luego en Buenos Aires y varias provincias argentinas, así como en Brasil y aquellos puertos de origen europeo, más Suiza y otros centros de negocios financieros.

Este aspecto troncal de lo sucedido era conocido sólo en rasgos generales: que Montoneros secuestró a los dos Born, que cobró un rescate millonario, que los entregó con vida, que parte del dinero fue en custodia a Cuba y otra al grupo del banquero David Graiver, que en esos años gobernaba la derecha peronista con Isabel Perón y López Rega, o sea la Triple A, y que se avecinaba el golpe de estado fascista que impuso la dictadura militar-cívica.

Sin embargo muchos detalles importantes del operativo secuestro no se sabían. Del mismo operativo, de la prolongada negociación posterior entre las dos partes, del pago del rescate y los vericuetos para hacer llegar el dinero a la organización, acá en el país y los pagos en Suiza, etc. Tampoco se sabía de las internas al interior del monopolio sobre pagar o no pagar (el padre, Born II, no quería negociar ni pagar por sus dos hijos capturados, durante meses, lo que alargó el sufrimiento de ambos y el riesgo de que la policía y el Ejército llegaran a la cárcel del pueblo donde estaban, con riesgo de vida para ambos).

Aunque podía suponerse, no se estaba al tanto del apego de los montos a sus reglas de seguridad, que a la postre garantizaron que todo saliera bien, junto con cierta flexibilidad de su parte, porque al principio pedían 100 millones de dólares de rescate y luego fueron bajando hasta 60 millones. Todo eso, con mucho suspenso está muy bien relatado por la autora. Lo suyo, aparte de fuertes visos de novela histórica, tiene partes directamente de un thriller. Y aunque el lector ya supiera el final de la historia, espoliado por ser un hecho conocido, las páginas se van recorriendo, no digamos devorando, pero sí con un tránsito veloz, a diferencia del “Tránsito lento” que canta Andrés Calamaro.

MONTONEROS, ACIERTOS Y ERRORES

La autora obviamente no es admiradora de Montoneros. Su pluma desliza una onda cercana a la teoría de los dos demonios. Rechaza la “violencia” de los montos, con críticas a su verticalidad y veleidades de “ejército popular” hasta con uniforme y boina, como satiriza por allí, concentrando sus cuestionamientos en la figura de Mario E. Firmenich. Y al mismo tiempo, nobleza obliga, pone al descubierto los crímenes de la Triple A, la responsabilidad del ministro López Rega y la presidenta Isabel Perón, así como a los delitos de lesa humanidad que vino a cometer la dictadura a partir de 1976, si bien este tramo no forma parte del libro.

También es bueno que O’Donnell saque a luz el poderío económico del grupo Bunge y Born y también su vinculación con el aparato represivo. Por ejemplo, en sus conversaciones con Jorge Born, varios años después del secuestro y liberación, le reprochó que hubiera contratado para “cuestiones de seguridad” nada menos que al ex comisario Miguel Etchecolatz, mano derecha del genocida general Ramón Camps en el circuito bonaerense con varios centros clandestinos de tortura y exterminio. Born le admitió a medias: “era toda una mezcla de atorrantes. Etchecolatz sí era un perverso, yo no conocía mucho de sus líos, pero él se justificaba todo porque decía que era una guerra”.

La falsa explicación que dio el aludido deja expuesto que para ese grupo monopólico el principio siempre fue obtener la máxima ganancia, a como diera lugar. Y un derivado actual: la teoría de la guerra que hoy repite la vicepresidente fascista Victoria Villarruel es la misma de ese condenado a nueve perpetuas por su actuación en 21 centros de la muerte.

Al margen de cuál fue la intención de la autora, su libro reabre el gran debate sobre cuál fue el rol y valoración de las organizaciones revolucionarias setentistas, en este caso Montoneros. En 1974 y 1975, donde se da su exitoso “Operativo Mellizas”, gozaba de mucho respaldo y simpatía, no sólo de sectores peronistas. Por ejemplo, nuestro partido, Vanguardia Comunista (actual Partido de la Liberación) los acompañó en la entrada a la plaza de Mayo el 1 de mayo de 1974, gritando unidos “Qué pasa general, está lleno de gorilas el gobierno popular”.

Y cuando Perón los insultó y echó de la plaza, nos retiramos, junto con las gruesas columnas de la JP y los Montoneros. En ese tiempo votamos al Partido Auténtico en las elecciones de Misiones, partido legal fundado por los montos que habían sido expulsados del Partido Justicialista. Los crímenes de la Triple A, que apuntaron sobre todo contra ellos y contra el PRT-ERP, OCPO, etc, nos unieron aún más porque también VC tuvo sus mártires como Raúl Kossoy y Ana María Estevao, asesinados en octubre de 1974.

Con la derrota del 24 de marzo de 1976, el campo popular retrocedió, las organizaciones revolucionarias fueron devastadas. Venían siendo demonizadas como “terroristas” desde mucho antes y comenzó un ciclo de retroceso, de simultáneo descenso de las luchas y un gran debilitamiento de las fuerzas combativas. En ese marco el prestigio de Montoneros fue trocando a desprestigio, para muchos que antes los veían con simpatía. Esto no fue sólo una operación de lavado de cabezas de la dictadura y los monopolios, incluido Bunge y Born, la prensa adicta y el accionar de los Estados Unidos y las dictaduras militares de la región sudamericana.

Ese cambio, en contra de Montoneros, tuvo que ver también, en parte, con sus errores políticos y militares. Una cosa fue secuestrar a dos ejecutivos del mayor grupo empresarial y otra cosa fue atacar el regimiento 29 de Formosa dejando 10 jóvenes conscriptos y 11 guerrilleros muertos. Una cosa fue poner una bomba en la embarcación del criminal jefe de la Policía, comisario Alberto Villar, que voló por los aires junto a su esposa, y otra dejar una bomba en el comedor de la Policía Federal, que mató a 22 agentes.

Creo que sus principales errores fueron políticos. Hicieron bien en romper con la dirección burguesa y burocrática de Perón, pero hicieron mal en pasar a las acciones armadas como la actividad central. No tuvieron una línea antigolpista antes de 1976, como sí la tuvo VC, con la idea de que con el golpe militar se iba a polarizar la lucha entre dictadura y guerrilla, con la consiguiente victoria de ésta.

No evaluaron bien el grado de fortaleza que aún mantenía la dictadura y lanzaron dos contraofensivas organizadas desde el exterior, cuando las condiciones no estaban aún maduras para operaciones de ese nivel. Desoyeron en ese sentido las sabias observaciones críticas que les había formulado Rodolfo Walsh, en el sentido que era un tiempo de repliegue, de pegarse a las masas y tener tácticas defensivas.

Creo que sus principales errores fueron políticos. Hicieron bien en romper con la dirección burguesa y burocrática de Perón, pero hicieron mal en pasar a las acciones armadas como la actividad central.

NO HACER LEÑA DEL ÁRBOL CAÍDO

Sinceramente creo que la organización conducida por Firmenich cometió esos errores políticos y militares, con varias aclaraciones necesarias.

Los análisis hay que hacerlos concretos y en cada etapa. Las actividades de Montoneros entre 1974 y 1975, que es el que cubre el libro, presentan un balance claramente superavitario. Hay que ser muy miope, muy canalla o muy reformista, para no reconocer que el “Operativo Mellizas” fue un éxito completo que no fue fruto de la casualidad. Hay que tener una fuerza revolucionaria capaz de hacer el trabajo de inteligencia previo, el grupo de militantes y guerrilleros con la preparación necesaria para capturar al dúo vernáculo del establishment monopólico y mantenerlo vivos 9 meses mientras se negociaba el rescate.

Y si eso salió bien fue porque esa era una guerrilla sólida, con fuerte apego a la seguridad, disciplinada, armada y con fuertes vínculos con el pueblo, en especial en esos años con la Juventud Peronista, la Juventud Trabajadora Peronista, las Ligas Agrarias, la JUP, etc. En la conferencia de prensa donde sueltan a Jorge Born, en una casa alquilada, los periodistas que hacían de caras visibles de la orga eran personas muy conocidas como Francisco Paco Urondo, Luis Guagnini y otros (además pertenecían al sector Walsh, Horacio Verbitsky y otros periodistas).

El libro detalla algo desconocido, al menos para mí y supongo para otra gente. En el rescate, la organización le impuso a B&B el reconocimiento de comisiones internas dirigidas por la JTP en plantas como Molinos y Grafa, mejorar los sueldos y condiciones de trabajo en esas y otras plantas del monopolio, repartir un millón de dólares en alimentos y ropas en una decena de ciudades del conurbano bonaerense y otras ciudades del país, y poner bustos de Perón y Evita en esas plantas, con presencia del personal, como desagravio por la conducta golpista de la empresa en 1955.

Hay que resaltar lo extraordinario del acierto de Montoneros en cuanto al blanco que atacaron. Bunge y Born era el principal grupo empresarial, con Molinos en el rubro alimentación, Grafa en el de textiles, Centenera en envases, Sulfacid en químicos, más el monopolio de la agroexportación, financieras en Suiza y decenas de miles de hectáreas en nuestro país de donde extraían el algodón para Grafa, los cereales para Molinos, etc. Por supuesto que esos monopolios siempre tendrán algunos defensores en segmentos ingenuos y desinformados, los “analfabetos políticos” diría Bertolt Brecht, pero en general el secuestro y pago de rescate de esos explotadores del pueblo gozó de amplia simpatía.

Y más allá del hecho puntual y de cómo terminó esta historia, con la que obviamente no se tomó el poder ni estaba planteado con ese objetivo, lo cierto es que dejó una gran lección histórica para el pueblo argentino. La línea divisoria, diría el Che, es “con o contra los monopolios”. Lo reitera el PL siguiendo la línea de Vanguardia Comunista: el blanco de la revolución nacional, democrática y popular es el imperialismo, sobre todo el yanqui, y sus aliados de la gran burguesía de inversiones múltiples, o sea los monopolios y bancos.

Los montos pegaron justo allí. Ese mérito no se los debe quitar nadie ni nada, ni siquiera la derrota posterior, la caída de Roberto Quieto en una playa de San Isidro, violando cuestiones de seguridad y juzgado por la organización como “traidor”. Tampoco cosas mucho peores ocurridas a posteriori, que figuran en el libro, como la acción del renegado Rodolfo Galimberti, ex jefe de la Columna Norte de Montoneros e interviniente en el “Operativo Mellizas”.

El tipo, además de denostar a sus ex compañeros, derivó en un empresario lumpen que ayudó con testigos y datos a Jorge Born y el fiscal Romero Victorica a confiscar parte de la indemnización que el gobierno de Raúl Alfonsín había concedido al grupo Graiver por haber sido víctima del accionar terrorista de la dictadura, justamente del general Camps.

Con la plata que Born recuperó, o sea afanó a los Graiver, su socio menor Galimberti recibió su parte y junto con Jorge “Corcho” Rodríguez formaron una empresa “Hard Communication” para ganar plata con un programa de la vedetonga Susana Giménez. Terminaron procesados los tres socios (Galimberti, Rodríguez y Born) porque el dinero que supuestamente iba a la Fundación “Felices los Niños”, del cura Julio César Grassi, servia a éste violador de menores, el único condenado de esta historia.

Termino con una reflexión sobre la conducción montonera, tantas veces vilipendiada y calumniada con que “se fue al exterior y mandó la gente al muere”. Falso. Las dos contraofensivas fueron, como dije, un error político y militar, pero decididas por la organización y aceptadas por los militantes y dirigentes que participaron.

Por otro lado, la conducción nacional de Montoneros eran 9 dirigentes, y de ellos sólo tres conservaron la vida; Firmenich, Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja, este último con varias balas recibidas en una cita envenenada en Avellaneda. El resto de la conducción murió combatiendo, como Horacio Mendizábal, Julio Roqué, Rodolfo Yaguer y otros. Y esa conducta heroica también tuvieron dirigentes históricas como Norma Arrostito, desaparecida en la ESMA y tantos otros militantes.

Es muy injusto que, utilizando casos puntuales como el del renegado Galimberti, a nivel de dirección bonaerense, un verdadero traidor, y de su pariente política Patricia Bullrich Luro Pueyrredón, de menor nivel, se quiera ensuciar esa historia combatiente de esos años de Montoneros. Defender ese legado también es defender la causa de los 30.000.

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